jueves, 14 de julio de 2011

Vídeo de las galerías subterráneas de La Carlota (2009)

Vídeo del reconocimiento realizado en el verano de 2009, desde la entrada próxima a la Fuente Nueva, a parte de las galerías subterráneas existentes en el casco urbano de La Carlota. Las partes más antiguas de esta infraestructura se iniciaron en 1774.

Vídeo sobre La Carlota y La Campiña (Andalucía es de Cine)

lunes, 11 de julio de 2011

La Carlota y el papa Pío IX


Aunque su beatificación no tendría lugar hasta el año 2000 de manos de su sucesor Juan Pablo II, el papa Pío IX gozó desde el mismo momento de su muerte con no pocos defensores de su santidad. Giovanni Maria Mastai Ferretti, hijo del conde Girolamo Mastai Ferretti, se ganó a sus contemporáneos por medidas tan populares y de tanta repercusión como fueron la proclamación del dogma de la Inmaculada Concepción en 1854 (a través de la bula Ineffabilis Deus) o la convocatoria del Concilio Vaticano I (1869-1870); el primero celebrado por la Iglesia Católica tras el de Trento en el siglo XVI.

No obstante, otras de sus iniciativas generarían odios y pasiones a partes iguales. Su condena a las ideas y medidas más progresistas de su época (racionalismo, socialismo, liberalismo, las sociedades secretas,…) o su firme oposición al proceso de unificación italiana, sumadas al escándalo del “caso Mortara”, le granjearon la férrea oposición de enormes sectores de la sociedad. Tanto es así que en 1881, mientras sus restos mortales eran trasladados desde las Grutas Vaticanas a la Basílica de San Lorenzo Extramuros, la multitud trató de arrojarlos al río Tíber mientras pasaban por el puente Sant’Angelo.

En cualquier caso, como decíamos, sus partidarios lo envolvieron pronto en un halo de santidad; de ahí que algunos de sus restos y de sus pertenencias entraran en el circuito de reliquias católicas, haciendo posible que en abril de 1878 llegaran a La Carlota algunos de sus cabellos. El pontífice había fallecido en Roma el 7 de febrero anterior, tras más de tres décadas en la silla de San Pedro, y uno de los doctores que se había encargado de su cuidado se hizo con ellos; enviándoselos de inmediato al médico de nuestro localidad Antonio Solano Serrano, al que debía conocer.

Este último era natural de La Carlota e hijo de Mateo Solano y María del Rosario Serrano; los cuales parece que quisieron orientarlo a la vida eclesiástica. Sabemos que cursó estudios en el seminario cordobés de San Pelagio y que llegaría a recibir órdenes menores (usando, por tanto, hábito clerical y llevando la cabeza tonsurada); pero se decantó finalmente por la Medicina, no ordenándose nunca in sacris. Estudió entre 1831 y 1833 en el Real Colegio de Medicina y Cirugía de San Carlos, radicado en Madrid, ejerciendo los últimos años de su vida como médico en nuestra localidad, no sin antes haber alcanzado el honor de ser nombrado caballero de orden de Carlos III y miembro de varias academias de ciencias médicas. En cualquier caso, y a pesar de no recibir el orden sacerdotal, nunca llegó a contraer matrimonio, falleciendo soltero en julio de 1887.

Fuente: Adolfo HAMER, "La Carlota y el papa Pío IX", La Crónica de La Carlota, nº 91 (abril de 2011), p. 12.

domingo, 10 de julio de 2011

Los "Hermanos del Campo"


Cada año, en la noche que va del cinco al seis de agosto, no pocos vecinos de nuestra localidad participan en una peculiar peregrinación con destino a la ermita del Cristo del Calvario de Montalbán. Una práctica cuyos orígenes son desconocidos, pero que no es improbable que naciera a comienzos del siglo XIX o incluso con anterioridad.

En Montalbán, la devoción a Nuestro Padre Jesús del Calvario arranca desde, al menos, el siglo XVII, aunque no será hasta 1776 cuando nazca una Hermandad centrada en su culto. Su titular tenía, y tiene, fama de haber promovido diversos milagros tales como librar al pueblo de la epidemia en 1787, poner fin a la sequía de 1790 o curar no pocas dolencias y enfermedades. Un hecho al que no serían ajenos los habitantes de los pueblos vecinos, lo que llevaría a muchos a tener una especial devoción por él.

Ahora bien, en consonancia con lo dispuesto en sus estatutos fundacionales, sólo los vecinos de Montalbán podían ser recibidos como hermanos en la mencionada Hermandad; una realidad que cambiaría 1837 ante la necesidad de abrir la congregación a más hermanos para incrementar el culto y, de paso, los ingresos procedentes de cuotas y donaciones. De este modo, en la sesión de 14 de febrero de ese año tendría lugar la aprobación de la solicitud de ingreso realizada por Francisco Jiménez, vecino de La Carlota, para ocupar una de las vacantes disponibles. Este sería el primer paso para el nacimiento de los que más adelante se conocerían como Hermanos del Campo, es decir, miembros de la Hermandad residentes en los municipios cercanos.

Pero, ¿quién fue este Francisco Jiménez? A ciencia cierta lo desconocemos, ya que sólo se nos informa de un nombre y un apellido; pero probablemente se trate del Francisco Jiménez que por aquel entonces vivía en el 2º Departamento. Éste era natural de Écija, donde había nacido en torno a 1742 en el seno del matrimonio conformado por Francisco Jiménez y María de las Mercedes Domínguez, y estaba casado con Luisa María Herrera. Además, como anécdota podemos indicar que Francisco se encuentra entre los vecinos de nuestra localidad que más edad han alcanzado, pues falleció en Los Algarbes el 18 de abril de 1851, a consecuencia de una apoplejía, cuando contaba con 109 años.

En cualquier caso, aunque La Carlota fue la pionera, el número de sus vecinos que ingresaron en la Hermandad en los años siguientes fue muy escaso comparado con los residentes en otros puntos, como por ejemplo La Guijarrosa. Aún así, ello no quiere decir que la devoción disminuyese, tan sólo que fueron pocos los que se inscribieron como hermanos y pagaron las correspondientes cuotas. Eso explica el que a pesar de que los testimonios orales indican una fuerte devoción al Cristo en algunas áreas de La Carlota ya en el siglo XIX, especialmente en el Departamento 3º, en 1882 sólo dos vecinos de nuestro municipio estuvieran inscritos como hermanos (Ángel Falder Cano, de La Fuencubierta, y Juan Prieto Herrera, de La Carlota). No obstante, ya en el siglo XX esta timidez de nuestros vecinos a la hora de formar parte de la Hermandad dio paso a un elevado número de inscripciones; hasta el punto de que en 1954 ésta decidió nombrar una comisión que se desplazó a las casas de los Hermanos del Campo para tener una asamblea y recoger sus sugerencias, nombrando en cada departamento de La Carlota un hermano delegado de la Hermandad.


Fuente: Adolfo HAMER, "Los Hermanos del Campo", La Crónica de La Carlota, nº 92 (mayo de 2011), p. 14.

El médico Manuel Cabello Luque (1806-1864)


En 1835, coincidiendo con el establecimiento del Ayuntamiento de La Carlota tras la derogación del régimen foral bajo el que se habían gobernado las Nuevas Poblaciones de Sierra Morena y Andalucía durante seis décadas, comenzaría a ejercer como médico en nuestra localidad Manuel Cabello Luque; muy probablemente debido a que al médico José Soldevilla, que desempeñaba este oficio en nuestro pueblo desde hacía quince años, no le era posible atender convenientemente a un vecindario que superaba los tres mil individuos; de los que, además, y para más inri, sólo un reducido porcentaje vivía en el núcleo principal o en alguna aldea.

Manuel Cabello era natural de La Rambla, donde había nacido en 1806 en el seno del matrimonio conformado por los también rambleños Fernando Cabello Portilla y Leonor Luque Paz. Tras finalizar la Segunda Enseñanza, se matriculó en el Real Colegio de Medicina y Cirugía de San Carlos (Madrid), licenciándose en 1829.

Desconocemos cuáles pudieron ser los primeros destinos en los que ejerció como galeno, pero es posible que en alguno de ellos conociera a la que sería su esposa, María de la Concepción Ortiz, que era originaria del Valle de Abdalajís (Málaga). En cualquier caso, en La Carlota fue donde desarrolló la mayor parte de su trayectoria profesional, ejerciendo como médico en la casa de la Calle Real del Arrecife (actual Avenida Carlos III) en la que siempre residió.

Unos años que debieron ser para él especialmente duros. Nuestro pueblo, como ya hemos indicado, debido a la aplicación del criterio defendido por Olavide y Campomanes de que los labradores debían vivir en sus propiedades para lograr de este modo una mejor y más intensa explotación del terreno, así como para que protegieran mejor sus bienes, contrastaba enormemente con otros municipios cercanos de la Campiña por su elevadísima dispersión poblacional (a excepción, claro está, de Fuente Palmera, que también fue una colonia; aunque en ésta el problema no era tan acusado por haber triunfado el poblamiento en aldeas). Tanto es así, que apenas un 20% de la población de La Carlota vivía el siglo XIX en el casco urbano principal, encontrándose el resto dispersos por el campo.

Una realidad que obligaba a los médicos a ejercer aquí su profesión de manera muy penosa, debiendo desplazarse a visitar a los enfermos que lo requerían a lomos de su caballo por caminos casi intransitables durante varios meses al año.

No obstante, a pesar de haber centrado su vida en devolver la salud y alargar la existencia a los demás, Manuel fallecería víctima de calentura atáxica relativamente joven. El 5 de mayo de 1864, cumplidos sólo cincuenta y ocho años, moriría en su domicilio, dejando a su mujer viuda y sola, ya que no habían tenido descendencia. De ahí que para garantizarle su subsistencia, decidiera nombrarla su heredera usufructuaria.

El entierro tuvo lugar en nuestro cementerio al día siguiente, siendo acompañado su féretro por veinticuatro pobres del municipio a los que se les abonó por ello la limosna correspondiente. Del mismo modo, Cabello dispuso que se dijesen por su alma e intención un total de doscientas misas rezadas, voluntad que su viuda se encargó de cumplir.

Fuente: Adolfo HAMER, “El médico Manuel Cabello Luque”, La Crónica de La Carlota, nº 93 (junio de 2011), p. 16. El retrato de Manuel Cabello ha sido amablemente cedido para su publicación por la familia Romero Anguiano, a la que el autor desea expresar su más sincero agradecimiento por ello.