miércoles, 12 de diciembre de 2012

De Galicia a La Carlota: la familia Do Bao


En la actualidad, la mayor parte de los individuos que llevan en España el apellido Dobao/Dovao han nacido y residen en la provincia de Córdoba, una circunstancia ciertamente curiosa si tenemos en cuenta que se trata de un apellido de origen gallego. Todo apunta a que la versión antigua fue Do Bao, lo que podría traducirse al español como "del Vado"; haciendo referencia quizá al lugar donde residía alguno de sus primeros portadores.

Pero, ¿cuál es el motivo de este elevado número de individuos con este apellido en nuestra provincia, especialmente en los municipios de La Carlota y Santaella? Básicamente el traslado a mediados del siglo XVIII de un varón apellidado así a la ciudad de Écija. Ciertamente, no sería él el único Do Bao que haría su acto de presencia en el sur peninsular, pero sí el que es antepasado común de todos, o casi todos, los Dobao/Dovao de los referidos municipios de La Carlota y Santaella.

Para que el lector pueda hacerse una idea de la presencia tan destacada de este apellido en nuestro municipio, baste citar que concentra el 44% de todos los que lo llevan en la provincia en primer o segundo lugar; aún más, es en La Carlota donde residen los únicos siete individuos que lo poseen tanto en primero como en segundo lugar. Por otro lado, en lo que respecta a la distribución geográfica, a pesar de haber transcurrido más de dos siglos, la mayor concentración de Dobao/Dovao se localiza en los departamentos 3 y 8.

Precisamente los mismos en los que se estableció aquella primera familia en los inicios de la colonización de nuestra localidad. Conozcamos algo más sobre ella. Manuel Antonio Do Bao, que probablemente era natural de la parroquia de San Pedro de Arcos (Obispado de Lugo), circunstancia que llevó a que todos lo conocieran por el sobrenombre de el gallego se trasladó a la ciudad de Écija, donde residió y nacieron todos los hijos que tuvo de sus dos matrimonios, realizados ambos con jóvenes naturales de La Rambla.

No obstante, parece que pronto se haría con algunas aranzadas de olivar en el pago de Manchón de Mesa (uno de los varios manchones que se ubicaron en La Guijarrosa, dentro de la jurisdicción de Santaella), hecho que le llevaría a trasladar su residencia a este municipio en la década de los años sesenta; donde permaneció hasta que la puesta en marcha de las Nuevas Poblaciones. La creación de La Carlota sería vista, sin duda, como una oportunidad para progresar, de ahí que en 1774 se estableciese en el municipio con su familia; es más, incluso su hijo mayor, habido de su anterior matrimonio, años después también viviría aquí.

Tanto el mencionado hijo del primer matrimonio, Pablo Antonio Dobao Luque, como Pedro José Dobao de la Mata, nacido del segundo, serían los progenitores de todos los Dobao/Dovao actuales carloteños.


Fuente: Adolfo HAMER, “De Galicia a La Carlota: la familia Do Bao”, La Crónica de La Carlota, nº 108 (octubre de 2012), p. 13.


Juan Nieto, diputado en las Cortes de Cádiz


En este año que se conmemora el segundo centenario de la Constitución de 1812, consideramos interesante reseñar que uno de aquellos diputados que formó parte de las Cortes de Cádiz ejercía por aquel entonces como cura en La Carlota. Nos referimos a Juan Nieto y Fernández. Era natural de la ciudad de Córdoba, donde realizaría probablemente sus primeros estudios; pasando más tarde a doctorarse en Teología por la Universidad de Orihuela. Concluida su formación académica, pasó a desempeñar, como cualquier otro religioso católico secular de su época, distintos cargos eclesiásticos. Precisamente, mientras actuaba como rector y cura de la Parroquia de Villafranca de Córdoba recibió el nombramiento, con fecha de 4 de abril de 1804, de capellán mayor y vicario general de las Nuevas Poblaciones de Andalucía. Un empleo del que tomaría posesión dos meses más tarde y durante el cual sería protagonista y partícipe de uno de los momentos clave en el funcionamiento eclesiástico de estas Nuevas Poblaciones, pues por entonces se producía el traspaso de competencias en materia de provisión de oficios eclesiásticos de las autoridades civiles a las autoridades diocesanas; así como la creación de un nuevo organigrama de gestión económica. Aún más, precisamente a él le encargaría el obispo de Córdoba, don Pedro Antonio de  Trevilla, la redacción de un plan parroquial para las Nuevas Poblaciones, que éste remitiría a finales de marzo de 1806 y que el rey Carlos IV tendría a bien aprobar en mayo del año siguiente.

Durante la Guerra de la Independencia y el periodo de vigencia de las Cortes de Cádiz se mostró como un liberal convencido, aunque siempre en los márgenes de su condición de clérigo. Precisamente este hecho lo llevaría presentarse a diputado por la provincia de Córdoba, siendo elegido como tal el 6 de diciembre de 1810 y desempeñando este cargo en el periodo que va entre el 29 de diciembre de 1812 (cuando la salida de los franceses del sur de la península le permitió tomar posesión de su cargo) y el 12 de marzo de 1813, fecha en la que las Cortes anularon su elección tras haber formado parte de ellas durante dos meses y trece días. Etapa en la que su mayor logro sería el convencer a las Cortes, mediante un detallado y minucioso informe, de la conveniencia de suprimir el Fuero de las Nuevas Poblaciones y de establecer en ellas ayuntamientos constitucionales. De nuevo sería reelegido para dicho cargo entre el 21 de mayo y el 15 de julio de 1813.

Curiosamente, con el regreso del absolutismo él seguiría desempeñando su cargo en la dirección eclesiástica de las Nuevas Poblaciones de Andalucía, no constándonos que se le instruyera ningún tipo de expediente por su participación en las Cortes de Cádiz. De este modo, continuaría con su labor pastoral hasta su muerte, que tendría lugar en La Carlota el 13 de febrero de 1822; siendo enterrado en su cementerio.


Fuente: Adolfo HAMER, “Juan Nieto, diputado en las Cortes de Cádiz”, La Crónica de La Carlota, nº 109 (diciembre de 2012), p. 9. 


jueves, 15 de noviembre de 2012

Monte Alto: origen de un topónimo

La tendencia de hacer sinónimas una demarcación territorial (Departamento tercero) y la entidad de población (Monte Alto) que se extiende por la mayor parte de aquella, ha llevado a que actualmente ambos conceptos se usen indistintamente; aún cuando no sea correcto.
El Departamento tercero, que en los primeros momentos de la colonización era más extenso que en la actualidad, pues integraba también parte del Octavo, ha albergado durante sus dos siglos y medio de existencia otras entidades de población que han acabado siendo absorbidas por Monte Alto, ya que fue la que mostró mayor crecimiento.

Ahora bien, llegados a este punto, ¿por qué Monte Alto se denomina de este modo? No deja de parecer curioso para quien se interroga sobre este particular el que este núcleo diseminado se extienda por un territorio bastante llano, especialmente si trata de localizar algún monte elevado que pudiera ser el origen del topónimo. Accidente geográfico que, por más que busque, no encontrará.

La hipótesis de que su nombre derive de estar emplazado a mayor altura que el propio núcleo principal del municipio, desde el cual se vería como un "monte alto", se nos antoja poco probable. El motivo es sencillo, el territorio que se puede visualizar desde La Carlota se conoció en un primer momento como El Cirolar; y éste sólo sería asociado a Monte Alto muy avanzado ya el siglo XIX.

Todo apunta a que el topónimo que aquí nos ocupa surgió como un modo de denominar una porción concreta del Monte de los Bermejos, una extensa propiedad de casi dos mil fanegas que pertenecía a Santaella y que se incorporó al término de La Carlota durante su creación. De este modo, pensamos que se hacía referencia al monte alto de los Bermejos , que acabó siendo abreviado sólo como Monte Alto. Se trató de un territorio en el que apenas unas pocas fanegas estaban en explotación, permaneciendo el resto cubierto de un abundante encinar (monte alto) y no faltando tampoco algunas zonas de arbustos, matas e hierbas (monte bajo).

Ciertamente, a día de hoy poco queda de aquello. Los desmontes, que se prolongaron hasta los años setenta del pasado siglo XX, han hecho que sólo perduren, dispersas por el territorio, una mínima representación de aquella masa de encinas; las cuales siguen desapareciendo poco a poco por enfermedades o por el laboreo intensivo cerca de su tronco, entre otros motivos. Circunstancia que, si se suma a que, hasta la fecha, no ha existido ninguna iniciativa vecinal o institucional para promover la plantación de nuevos árboles, nos lleva a considerar que en pocas décadas todo testimonio de aquel monte alto habrá desaparecido por completo, haciendo más difícil aún de entender el origen del nombre de esta entidad.

Fuente: Adolfo HAMER, “Monte Alto: origen de un topónimo”, La Crónica de La Carlota, 109 (noviembre de 2012), p. 13.

http://www.diariocordoba.com/noticias/lacarlota/monte-alto-origen-de-un-toponimo_758791.html

jueves, 20 de septiembre de 2012

La Carlota y la Nivelación de Precisión de 1876


Es probable que más de uno se haya preguntado alguna vez qué significa esa señal metálica que puede verse desde hace décadas, empotrada en el suelo, junto a la puerta del Ayuntamiento de La Carlota; y en la que se lee “NP 175”. No obstante, pocos sabrán que se trata de una señal de tipo principal (la número 175) que se colocó allí en 1876 en el contexto de las nivelaciones de precisión (NP) que el Instituto Geográfico Nacional llevó a cabo en la Línea de Madridejos a Cádiz.

Ciertamente, ésta no fue la única señal dejada en nuestro municipio, ya que también se emplazaron otras de tipo secundario en postes kilométricos y puentes; pero estas, al igual que ha ocurrido en el resto de la geografía nacional, han sido más susceptibles de ir desapareciendo con las obras en las carreteras. El Instituto Geográfico Nacional había sido creado por real decreto de 12 de septiembre de 1870, y entre sus cometidos se fijaron los de realizar los trabajos relativos a la determinación de la forma y dimensiones de la Tierra, las nivelaciones de precisión, la topografía del mapa y de catastro, así como las cuestiones relativas a pesos y medidas.

De ellas, la que aquí nos interesa es la relativa a las nivelaciones de precisión, que comenzaron a hacerse muy pronto. Los trabajos dieron comienzo en 1871 y se prolongaron hasta 1922, editándose tres años más tarde el “Catálogo de altitudes de las señales metálicas de la red”; que, finalmente, quedaría constituida por 92 líneas con 16.611 km y 18.025 señales, todas ellas dotadas de cota geométrica simplemente calculada y sin corregir ni compensar.

Se trató del primer proyecto de red de nivelación de precisión en España, y se enmarcaba en los trabajos para la formación del Mapa Topográfico Nacional a fin de obtener la altimetría de dicho plano. En 1871, como ya hemos indicado, se levantó por doble nivelación el itinerario Alicante-Madrid; colocándose el punto NP 1 en el Ayuntamiento de Alicante y la señal NP 26 en el Observatorio Astronómico de Madrid.

Las señales para dejar constancia en el terreno de los puntos con cota de precisión (NP) fueron de dos tipos: principales y secundarias. Las primeras estaban constituidas por piezas cilíndricas de bronce, colocadas en edificios significativos y estables, como por ejemplo iglesias o Ayuntamientos, normalmente hormigonadas en el propio pavimento y distanciadas un promedio de 25 km; mientras que las segundas consistieron en clavos o cuadrados grabados o pintados sobre la roca de postes kilométricos y puentes, separados por distancias de en torno a 1 kilómetro.


Fuente: Adolfo HAMER, “La Carlota y la Nivelación de Precisión de 1876”, La Crónica de La Carlota, nº 107 (septiembre de 2012), p. 13. Depósito Legal: CO 1378/2003. 

viernes, 24 de agosto de 2012

El Sindicato Católico Agrario de Las Pinedas


Aunque las entidades sindicales de corte católico existentes en la Córdoba de comienzos del pasado siglo XX tuvieron, por lo general, una vida bastante efímera, hubo una que se mantuvo vigente durante más de dos décadas. Nos referimos al Sindicato Católico Agrario de Las Pinedas, también conocido como Sindicato Católico Nuestra Señora de los Ángeles, fundado el 13 de septiembre de 1908 y declarado legalmente constituido al mes siguiente.

Estos sindicatos católicos agrarios surgieron al amparo de la Ley de Sindicatos Agrícolas de 30 de enero de 1906. La ausencia de una institución oficial que atendiese las necesidades de los agricultores hizo que aparecieran distintas iniciativas privadas con este fin y la Iglesia, que aspiraba a conseguir mayor influencia en el mundo rural, aprovecharía la situación. De ahí que instituyese los “Sindicatos Agrícolas Católicos”, entendidos como cooperativas agrícolas y no con la acepción que hoy se da al término sindicato, y las Cajas Rurales. Estas últimas, destinadas fundamentalmente a otorgar préstamos a los agricultores, se fundieron con los sindicatos para beneficiarse de las exenciones fiscales de la Ley de 1906.

Lamentablemente, no es mucho lo que conocemos acerca del funcionamiento de esta organización radicada en nuestro municipio pero sí lo suficiente como para afirmar que su éxito radicó tanto en la buena disposición de los sucesivos párrocos de Las Pinedas como en el acierto en la gestión de los arriendos y las iniciativas crediticias puestas en marcha. En este sentido, suponemos que el padre Miguel Naranjo Baena, encargado de la parroquia en aquellos años, tendría hasta su fallecimiento, acaecido en abril de 1915, un activo papel en la puesta en marcha de este sindicato.

Esa mencionada vertiente de caja rural haría que todas estas entidades tuvieran que remitir periódicamente al gobierno civil de la provincia los balances de sus operaciones, que en el caso de la que nos ocupa contuvieron cifras muy considerables en sus primeros años de actividad. Por ejemplo, el Banco Popular de León XIII facilitó en junio de 1915 al Sindicato Agrícola Nuestra Señora de los Ángeles de Las Pinedas un préstamo 8.500 pesetas, complementado en diciembre de ese mismo año con otras 9.000.

En lo que respecta al número de socios, no contamos con informaciones sobre esta primera etapa, aunque suponemos que la cifra sería muy similar a la registrada años más tarde, situada en torno a setenta y tantos.

Todo ello haría posible que en octubre de 1919, entre los veintiocho sindicatos de la Federación Católico Agraria de Córdoba (FCAC) sólo el de Las Pinedas no se hubiera fundado ese mismo año, sino diez años atrás.

La reactivación del sindicalismo católico agrario tras el Trienio Bolchevique (1918-1920) en la provincia de Córdoba supuso para el Sindicato Católico Agrario de Las Pinedas una nueva etapa de auge. Tanto es así que llegaría a disponer hasta de su propia bandera.

El 6 de mayo de 1919 dos integrantes del grupo de jóvenes propagandistas de la CNCA (Confederación Nacional Católica Agraria) visitaron Las Pinedas y La Carlota, así como otras localidades cercanas, “procurando fundar sindicatos donde no existen y consolidando los ya existentes”. Aún así, no parece que tuviera especial éxito esta campaña fuera del ámbito estricto de dicha aldea pues sólo nos consta la creación de otro sindicato en nuestro pueblo, aunque diez años más tarde; nos referimos al Sindicato Católico Agrario de Chica Carlota, que dispuso desde su nacimiento de secciones de Caja Rural y de Compras en Común.

Ahora bien, esta realidad no impidió que el de Las Pinedas continuase recibiendo subvenciones como la que informó favorablemente el Consejo Provincial de Fomento en su sesión de 29 de mayo de 1920. Aún más, parece que en noviembre de ese mismo año tuvo lugar una refundación del sindicato, al inscribirse en el Registro del Gobierno Civil de Córdoba los estatutos del Sindicato Agrícola y Caja Rural de Las Pinedas. Por aquel entonces, éste disponía de un total de 72 socios.

Pero ¿en qué consistían exactamente las actividades que desarrollaba? Básicamente en el arriendo de tierras y en el mantenimiento de una caja rural y distintos fondos para garantizar los intereses comunes.

Sin ningún lugar a duda, sería el arriendo de algo más de cuatrocientas fanegas de tierra que mantuvo durante muchos años en la finca Majadas Viejas, del término municipal de Guadalcázar, la verdadera clave que permitió la subsistencia y pujanza de esta organización; ya que el arriendo de sus pastos y espigaderos le permitía disponer de no pocos ingresos. Tanto es así que en octubre de 1921, estando presidida por Miguel Reif, disponía de 6.000 pesetas de capital. Una bonanza que llevaría el día 15 de ese mismo mes a abrir una caja rural con las imposiciones que se hicieron ese día tras una conferencia pronunciada en la aldea en la que se explicó al vecindario sus beneficios, y que alcanzaron 1.500 pesetas.

El sindicato se mantuvo pujante hasta finales de la Segunda República, no en vano en 1929 tenía 75 socios y en 1935 éste, al igual que el de la Chica Carlota, se contaba entre los únicos once sindicatos y asociaciones agrícolas recogidas en el censo electoral de la Cámara Oficial Agrícola de la provincia de Córdoba. Igualmente, no olvidó la formación de sus miembros suscribiéndose en 1923 a la Revista Mariana, cuyo contenido era afín a su orientación católica.


Fuente: Adolfo HAMER, “El Sindicato Católico Agrario de Las Pinedas”, La Crónica de La Carlota, nº 105 (julio de 2012), p. 11; y nº 106 (agosto de 2012), p. 11.

viernes, 20 de julio de 2012

La Casa de la Subdelegación de las Nuevas Poblaciones de Andalucía


No pocas personas se sorprenden de que en La Carlota el edificio destinado a albergar las oficinas de la administración neopoblacional, y a servir de residencia para el subdelegado, no se localice, como en las restantes nuevas poblaciones, en la plaza principal de la colonia; ya que el Palacio de la Subdelegación (actual Ayuntamiento) se emplaza junto al camino real.

Ahora bien, esta creencia no es del todo correcta, ya dichas oficinas estuvieron ubicadas en un primer momento en la plaza de la Iglesia. Tanto es así que se trató de una de las primeras construcciones de la localidad. En la segunda mitad del año 1768 se levantó una casa de dos plantas justo en uno de los laterales del solar donde se empezaría a construir poco después la iglesia. Su coste se ajustó en 14.000 reales, una cifra considerable si tenemos en cuenta que las casas de los colonos se estaban edificando por menos de un tercio de esa cantidad.

Las obras avanzaron a buen ritmo, de tal modo que el subdelegado Fernando de Quintanilla comenzó a habitarla en diciembre de ese mismo año 1768. Hasta entonces había residido provisionalmente en la hacienda jesuítica de San Sebastián de los Ballesteros. Tanto en una como en otra se alojaría Pablo de Olavide durante sus estancias en estas nuevas poblaciones.

Ahora bien, sus dimensiones, aunque importantes, desde un primer momento se mostraron insuficientes para las necesidades administrativas de las colonias de Andalucía; no en vano, las oficinas de la Contaduría tuvieron que buscar acomodo desde un primer momento en otra casa situada en la misma plaza.

Se hizo necesario, por tanto, emprender la construcción de un edificio más amplio; el cual parece que se inició no muchos meses después, lo que permitiría el traslado de las oficinas antes de que acabara la década de los años setenta del siglo XVIII.

Este nuevo inmueble, concebido con unas dimensiones muy considerables y que guarda un enorme parecido con el palacio que Quintanilla se construyó por aquellos mismos años en su Lora del Río natal, resolvió los problemas de espacio, al hacer posible que en su planta baja se ubicara toda la administración que dirigía las Nuevas Poblaciones de Andalucía y su la planta alta residiera el subdelegado de turno con sus familiares.

Perdida su función originaria, la Casa de la Subdelegación quedó en las décadas siguientes como residencia de distintos empleados neopoblacionales, tanto civiles como eclesiásticos. Una vez abolido el régimen foral, pasó a pertenecer al Estado; el cual, la arrendó durante décadas y la acabaría desamortizando en 1859, siendo desde entonces de propiedad privada.


Fuente: Adolfo HAMER, “La Casa de la Subdelegación”, La Crónica de La Carlota, nº 104 (junio de 2012), p. 15.

martes, 20 de marzo de 2012

Los Pósitos de La Carlota

Como capital de las Nuevas Poblaciones de Andalucía, así como colonia de mayor extensión territorial y con más vecinos, La Carlota dispuso de un amplio conjunto de edificios de carácter público. Los tres pósitos, probablemente, sean los más desconocidos de todos ellos a pesar de que fueron los más directamente relacionados con el fin eminentemente agrario que se tuvo presente para su fundación.

Comencemos con el Pósito de Labradores, que tenía como función el mantener un acopio de granos destinados a ser prestados, en condiciones favorables, a los colonos labradores para la sementera y en periodos de escasez. Todo apunta a que se construiría a comienzos de la década de los años setenta del siglo XVIII, formando un único cuerpo junto al conocido como Pósito Viejo de Diezmos. Obviamente, al estar ambos destinados a almacenar granos se decidió aprovechar una misma edificación; no obstante, y a pesar de que exteriormente no muestre ninguno de los dos ningún tipo de ornamentación que permita diferenciarlos, lo cierto es que ambos estaban separados. No en vano, sus cometidos eran diferentes; por lo que cada uno llevaba su propia administración y contabilidad.

El conocido como Pósito Viejo de Diezmos, que ya hemos indicado que se construyó en los primeros momentos de la colonización, tuvo como primera función el almacenar el grano que la Real Hacienda repartía en los primeros momentos a los colonos; posteriormente se destinaría a almacén de los diezmos novales pertenecientes a la Real Hacienda. Al haberse construido en un momento en el que los colonos aún estaban exentos de pagar el diezmo por sus cosechas (el periodo de exención concluyó en 1779), sus dimensiones –aunque considerables- no se ajustaban a las necesidades reales de la que fue la colonia de mayor superficie destinada al cultivo de cereales de todas las situadas en este partido territorial.

Por ello, ya en 1779 el subdelegado Fernando de Quintanilla reclamaba con urgencia la necesidad de ampliarlo. Así pues, es probable que la construcción del Pósito Nuevo de Diezmos se llevase a cabo en los años siguientes a dicha petición. Éste, aunque colindante con el antiguo, se levantó perpendicular a aquel ocupando el espacio existente hasta la Real Posada y Fonda; conformando, de este modo, una única manzana que dejaba un gran patio en su interior.

En lo concerniente a los detalles arquitectónicos, en esta ocasión no se optó por la ausencia de detalles ornamentales que caracteriza al pósito viejo; sino que se decidió levantar una fachada similar a la de la Real Posada. Tan parecida que a simple vista, fácilmente se puede caer en el error de considerar todo el conjunto como una única realidad constructiva.

Fuente: Adolfo HAMER, “Los pósitos de La Carlota”, La Crónica de La Carlota, nº 103 (marzo de 2012), p. 14. Depósito Legal: CO-1378-2003.

lunes, 13 de febrero de 2012

Juan Vázquez, primer escribano de La Carlota

El establecimiento de nuestra localidad, allá por finales del siglo XVIII, llevó aparejada la puesta en marcha de una serie de organismos de gobierno y administración, así como de distintos empleos destinados a cubrir las necesidades básicas de los colonos. Entre ellos no podía faltar un fedatario público, que con su intervención otorgara carácter público a documentos privados y que garantizara la legalidad de los documentos en los que él interviniera. En un primer momento, la Subdelegación de La Carlota se sirvió del notario eclesiástico Ignacio del Pozo Goyeneche, que ejerció como tal a partir de marzo de 1769, el cual prestó sus servicios como fiel de fechos a toda la colonia.

No obstante, pocos años después se procedió a dotar a La Carlota de un notario real, seguramente para garantizar que la documentación tramitada en los juzgados de la Subdelegación y del alcalde mayor tuviera los mayores visos de legalidad.

El elegido para el cargo fue un individuo muy cercano al subdelegado Fernando de Quintanilla. Nos referimos a Juan Vázquez Montesinos, que por aquel entonces era notario mayor de reinos de la audiencia eclesiástica de la villa y bailiaje de Lora (Sevilla), y que se había trasladado a La Carlota acompañando a Quintanilla, probablemente para ejercer como su asistente y secretario particular. En 1777, Vázquez solicitó al rey que se le concediera la notaría de reinos para poder ejercer en nuestra localidad; una petición que le fue concedida, ejerciendo como tal desde 1778 hasta 1803.

En lo que respecta a su vida personal conocemos algunos detalles. Era natural de Jerez de la Frontera, donde nació hacia 1743 en el seno del matrimonio conformado por José Vázquez y Catalina Montesino. El 30 de octubre de 1780 contrajo matrimonio en nuestra localidad con la linarense María Gamero, hija de José Gamero, contador de las Nuevas Poblaciones de Andalucía, y de María Portillo; un enlace del que llegaría a adultos cinco hijos.

A comienzos del siglo XIX su salud debió resentirse, por lo que optó por otorgar testamento mancomunado junto a su mujer en junio de 1802, pidiendo ser amortajado con hábito de religioso capuchino tras su muerte y que se dijeran por su alma e intención doscientas misas. Al parecer, al año siguiente cesó voluntariamente como escribano de los juzgados; nombrándose para sucederle a dos escribanos: Miguel Muñoz para la escribanía de la Subdelegación y José María Custodio para el juzgado del alcalde mayor.

Finalmente, Juan Vázquez falleció a consecuencia de tabardillo (tifus exemántico) en La Carlota el 22 de marzo de 1804, siendo enterrado al día siguiente en su cementerio.


Fuente: Adolfo HAMER, “Juan Vázquez, primer escribano de La Carlota”, La Crónica de La Carlota, nº 102 (febrero de 2012), p. 13. D.L.: CO 1378-2003.

lunes, 30 de enero de 2012

Los otros bandoleros

Aprovechando la presencia del famoso bandolero “Pernales” en nuestro pueblo en el verano de 1906 (donde casi perdería la vida en un enfrentamiento con la guardia civil), así como en otras localidades cercanas, no pocos trataron de aprovechar el miedo que éste y sus compañeros infundían para suplantarlo a él o a alguno de los componentes de su banda al objeto de obtener sus propios botines.

En marzo de 1907, por ejemplo, la guardia civil de Fuente Palmera detuvo a un individuo que diciendo que era el “Pernales” había llamado en la casa del vecino de Fuente Carreteros Joaquín Rascón y le había exigido cierta suma que le fue negada.

Es más, no faltó incluso un vecino de La Carlota entre estos suplantadores. Nos referimos a Francisco Manuel Durán Serrano, un joven de veintiocho años residente en el 4º Departamento; donde había nacido el 2 de mayo de 1879 en el seno del matrimonio conformado por Francisco Durán Serrano y Ana Serrano Mata.

En compañía de otro joven natural de La Victoria, recorrió en el verano de 1907 los cortijos de Córdoba haciéndose pasar, según la ocasión, por distintos componentes de la banda del “Pernales”. En concreto, Francisco Manuel afirmaba ser el “Niño del Arahal”, que se le había unido en mayo de ese mismo año; mientras que su compañero se hacía pasar por el “Niño Bonito” e incluso por el propio “Pernales”.

No obstante, estas actividades se vieron truncadas a finales del mes de agosto. Aunque el victoriano logró escapar, Francisco Manuel fue detenido mientras realizaban uno de sus golpes. Un hecho que tuvo lugar, curiosamente, dos días antes de que los verdaderos “Pernales” y “Niño del Arahal” fueran abatidos por la guardia civil en la provincia de Albacete.

Pero conozcamos con más detalle este episodio. A las seis de la mañana del 29 de agosto, la guardia civil detuvo en Córdoba a un individuo que se había presentado en la casa de Santos Hernández, emplazada en la calle de San Pablo, exigiéndole que le llevase 200 pesetas al cortijo de Doña Sol, y manifestando para coaccionarle ser el “Niño del Arahal”. Hernández acudió a dicha cita tras dar aviso a benemérita, que detuvo a Durán Serrano; quien una vez en el cuartel confesó ser autor de esa extorsión.

En cuanto se difundió la noticia de su detención, el vecino de Córdoba José Heno Ruiz, acudió al cuartel para manifestar que a las ocho de la noche del día anterior, al llegar a la finca Majaneque, dos individuos le exigieron sesenta duros diciendo que eran el “Niño del Arahal” y el “Niño Bonito”, de la partida del “Pernales”. Sólo llevaba diez pesetas, pero le obligaron a escribir una carta a su mujer para que ésta les facilitara las 100 pesetas que tenía en su domicilio. El joven también se declaró autor de este delito.


Fuente: Adolfo HAMER, “Los otros bandoleros”, La Crónica de La Carlota, nº 101 (enero de 2012), p. 13. Depósito Legal: CO 1378-2003.


miércoles, 25 de enero de 2012

La Crónica de La Carlota y sus cien números (2003-2011)

A pesar de que el ejemplar de La Crónica de La Carlota que Vd. tiene en sus manos está numerado con el número 99, en realidad es el 100. Ello se debe a que allá por finales de 2005, un lapsus llevó a asignar de nuevo el mismo número de octubre al ejemplar de noviembre; no corrigiéndose posteriormente este despiste.

Así pues, este medio impreso ha logrado convertirse en estos años, y con diferencia, no sólo en el que más difusión ha tenido, y tiene, en nuestro municipio sino también en el más longevo. Todavía es posible recordar algunos intentos infructuosos de dotar a la localidad de publicaciones periódicas. Nos referimos fundamentalmente a El Colono (2002) y a El Periódico de La Carlota y sus Departamentos (2009), que surgieron con deseos de continuidad pero de los que apenas vieron la luz unos pocos números.

Ello supone que La Crónica de La Carlota viene informando a los vecinos de La Carlota desde hace cien meses, es decir, prácticamente los últimos ocho años y medio. Una vigencia que, como decíamos, ya ha consolidado a este medio como el que más tiempo se ha editado en la escasa y reciente historia del periodismo local de La Carlota. No en vano, el primer intento de crear un medio local que recogiera no sólo noticias de carácter oficial sino también de interés social fue el Boletín Informativo Municipal, surgido a iniciativa del Ayuntamiento de La Carlota a comienzos de los años ochenta del pasado siglo XX y que sólo se mantuvo unos años.

Pero centrémonos ahora en el medio que aquí nos ocupa. Desde que el primer número de La Crónica de La Carlota se distribuyera en septiembre de 2003, los vecinos de la localidad han contado mes a mes con un nuevo ejemplar con un diseño y distribución de contenidos que se ha mantenido en la misma línea hasta hoy; aunque lamentamos que algunas secciones, como la de Efemérides Locales y la de Fotografías Antiguas, desapareciesen en 2009, ya que ambas contaban con notable seguimiento.

Asimismo, también ha habido algunos cambios en los responsables de su preparación. A lo largo de estos años, la redacción del periódico ha estado a cargo de diferentes personas: Simón Aguayo y Pilar Lara (septiembre de 2003 - agosto de 2009), José Ignacio Chaparro (septiembre de 2009 - mayo 2011) y Tito Barrena (desde junio de 2011). Únicamente la sección de Historia Local permanece desde sus comienzos y hasta la fecha a cargo del que suscribe estas líneas.

Así pues, y en consonancia con todo lo expuesto anteriormente, no podemos menos que congratularnos por haber alcanzado La Crónica de La Carlota sus cien primeros números sirviendo de ventana informativa de lo que ocurre en nuestra localidad, y desear que todos podamos celebrar dentro de unos años su número 200.


Fuente: Adolfo HAMER, “Cien números de La Crónica de La Carlota”, La Crónica de La Carlota, nº 100 (diciembre de 2011), p. 12. Depósito Legal: CO 1378-2003.

La Fraternidad de La Carlota

Aunque el republicanismo había calado en La Carlota durante la primera experiencia republicana española, como lo prueba alguna persecución a republicanos en nuestro pueblo que tuvo lugar a comienzos de la última década del siglo XIX, no será hasta comienzos de la siguiente centuria cuando este movimiento volviera a recobrar fuerza.

En marzo de 1903, en un contexto de fuerte efervescencia de creación de sociedades obreras, las cuales solían tener una vida muy efímera, surge en el 2º Departamento La Fraternidad de La Carlota. Se trató de una organización que surgiría, muy probablemente, con unos objetivos sindicalistas, pero muy pronto se dotó de un marcado componente político republicano que, dicho sea de paso, contribuyó a que se la conociera más allá de los límites de esta zona del municipio.

Todo apunta a que el promotor de esta sociedad fue Francisco Carmona García, que ocuparía su presidencia; y también él sería el principal responsable de su pronto cambio de orientación. Hasta julio de ese mismo año, Carmona había desconfiado del movimiento republicano porque pensaba que los republicanos eran una farsa para acrecentar el poder de la monarquía con falsos republicanos; sin embargo, su suscripción al periódico Los Dominicales le hizo cambiar de opinión. Aún más, este medio escrito, que era leído en las reuniones de obreros, permitió una revitalización del movimiento obrero de los Departamentos 1º y 2º; por entonces algo desorganizado.

A través de sus páginas conocieron a la Unión Republicana, un partido político organizado en aquel entonces por Nicolás Salmerón, que sería su presidente, y por Alejandro Lerroux con el objetivo de unificar las dispersas fuerzas republicanas del país. Entre sus objetivos estaban la restauración de la Constitución de 1869, la proclamación de la república y la convocatoria de unas Cortes Constituyentes.

Con bastante rapidez, y a partir de este núcleo inicial de Los Algarbes, parte del movimiento obrero comenzaría a organizarse y a vincularse a la Junta Municipal Republicana de La Carlota, que se constituyó el 15 de agosto de 1903 y sería aprobada por la Comisión Ejecutiva de Córdoba.

Como no podía ser de otro modo, la presidencia de esa Junta Municipal Republicana recaería en Francisco Carmona; el cual parece que pasó, por ello, de ser presidente a secretario de La Fraternidad.

En consecuencia, a partir de entonces la directiva de dicha asociación obrera se compondría de los siguientes individuos: José Carmona Otero como presidente; Francisco Escribano Prieto como vicepresidente; José Sánchez como tesorero; Antonio Miranda, Diego Escribano, José Bartorinis y Manuel Borge como vocales; y el citado Francisco Carmona García como secretario.

Toda esta ilusión y rapidez con la que se vivió la reactivación del republicanismo en suelo colono no se vio, en cambio, correspondida con la misma celeridad por la organización provincial del partido. A pesar de que el 15 de agosto de 1903 se había enviado a la Junta Provincial Republicana de Córdoba nota de la constitución de la Junta Municipal Republicana de La Carlota, todavía a mediados de octubre no se habían recibido las instrucciones necesarias para las próximas elecciones de concejales que iban a tener lugar.

Un hecho que no redujo por entonces el empuje del republicanismo en La Carlota. El 8 de octubre siguiente, todo el partido socialista local acordó adherirse al partido republicano; permitiendo que a finales de año ya se estuvieran organizando comités de distrito en los Departamentos 1º, 2º, 3º, 5º y 8º.

Sin embargo, como solía ser habitual, todo este movimiento pronto comenzaría a decaer tanto por razones internas como por el acoso al que fue sometido por los partidos monárquicos, que se alternaban en el poder desde que tras el fracaso de la Primera República española se iniciara el sistema político de la Restauración.

Buena y elocuente prueba de ello fue lo que ocurriría sólo unos años más tarde. A fines del mes de abril de 1910, se celebró en La Carlota un mitin electoral; interviniendo en él el candidato republicano Emilio García López. Dos guardias municipales y un sereno se encararon con dos vecinos de los que más se distinguían en su entusiasmo, viniendo a las manos. De ello resultó herido Antonio Martínez, iniciándose en consecuencia un motín que fue atajado por la intervención de la guardia civil. Ni que decir tiene que los republicanos acudieron a Córdoba para entrevistarse con las autoridades provinciales para quejarse por los atropellos a los que, según ellos, eran sometidos por el alcalde.

Pero esos intentos por frenar un rebrote del movimiento republicano, impulsado fundamentalmente por el hecho de que socialistas y republicanos se hubieran coaligado a finales de la década, no tuvieron el éxito esperado. En 1910 se fundaron en La Fuencubierta y Las Pinedas sendos Centros de Unión Republicana, y el 30 de marzo de 1911 vio la luz en La Carlota La Fraternidad Republicana.

Unas iniciativas que irían sentando las bases para que el republicanismo fuera calando cada vez más en nuestra localidad. Nunca tendría, en verdad, un amplio seguimiento, pero sí el suficiente como para permitir que, en asociación con los socialistas, la candidatura republicana sumara en las elecciones municipales de 12 de abril de 1931 más concejales que la presentada por los monárquicos.


Fuente: Adolfo HAMER, “La Junta Municipal Republicana carloteña (I parte). La Fraternidad de La Carlota”, La Crónica de La Carlota, nº 97 (octubre de 2011), p. 16; y “La Junta Municipal Republicana carloteña (II parte). La Fraternidad de La Carlota”, La Crónica de La Carlota, nº 98 (noviembre de 2011), p. 13. Depósito Legal: CO 1378-2003.